Elogio de la pausa: El arte de apagar el ruido exterior para volver a escuchar nuestra propia voz.
Por Nuria Ruiz Fdez
HoyLunes – Recuerdo la primera vez que me senté a leer La hoja roja de Miguel Delibes. No fue en una biblioteca, ni en un rincón preparado para la concentración: estaba en el salón de mi casa, con la ventana abierta a la calle, escuchando el murmullo del tráfico y el ajetreo cotidiano. Y, sin embargo, en ese libro encontré un espacio de pausa tan profundo que parecía absorber todo lo demás. Cada página me pedía que respirara, que dejara de hacer, que me permitiera simplemente ser. Leyendo cómo la vida de un hombre mayor se enfrenta a la soledad tras la jubilación, la muerte y la distancias familiares, entendí que el silencio no es ausencia, sino presencia.
Hoy, en un mundo que parece incapaz de callar, sigo buscando esos silencios. El teléfono no deja de sonar, las redes acaparan media vida, los mensajes se acumulan y, sin darme cuenta, los minutos se me escapan. Pero hay “un algo” en sentarse a leer un libro, en escuchar los silencios entre las líneas que me recuerda lo que significa vivir con atención, sin tener que abrir pestañas y sin hacer scroll. Es un gesto quizás nimio, pequeño, pero radical: decirle al mundo que, por un momento, no quiero estar disponible.

He aprendido a reconocer la diferencia entre el ruido y la conversación profunda. Hace poco, en un café, me encontré con una amiga y, en lugar de hablar a medias mientras revisábamos nuestros móviles, dejamos los dispositivos a un lado. Hablamos despacio, dejando que cada frase respirara, que cada silencio fuera parte del diálogo. Esa conversación se convirtió en un pequeño ritual: no necesitaba cámaras, likes, ni testigos. Solo necesitaba nuestra atención compartida, un tiempo donde nuestros silencios no eran incómodos, sino necesario.
El silencio también aparece cuando escribo. No siempre planeo lo que voy a escribir; muchas veces comienzo con una hoja en blanco y la mirada perdida en cualquier lugar de la habitación. Dejo que las palabras lleguen solas y las observo como si fueran extrañas siluetas a mi alrededor. Hay pausas que no se pueden forzar: en ellas se concentra la emoción, la memoria, la conexión con “un algo” que no sé nombrar. Escribir en silencio es dialogar conmigo misma y, a la vez, con todo lo que me rodea. La página se convierte en mi refugio donde las palabras no me gritan, sino que esperan a que yo las deje entrar en mi vida.
Recuerdo una tarde en casa, sin nada especial que hacer, raro en mí. Puse música en el móvil muy bajita, casi como si me diera pudor molestar. No estaba escuchando de verdad, la música solo me acompañaba. En algún momento empecé a fijarme más en las pausas que en la melodía, en esos segundos en los que no ocurría nada entre canción y canción y, aun así, todo seguía igual, el mundo seguía su camino, yo seguía viva. Me quedé quieta, sin coger el móvil, dejando que ese silencio acompañado hiciera su trabajo. Y entonces pensé que algo parecido pasa dentro de una cuando no dice nada, cuando deja de explicarse, de justificarse, de responder. Hay silencios que ordenan, que colocan las cosas donde deben estar sin necesidad de palabras. Callar, a veces, no es esconderse: es confiar en que el silencio también sabe poner cada cosa en su sitio.

Esta relación con el silencio se me hace especialmente clara cuando leo. Cuando me permito no interrumpirme, no subrayar con la cabeza puesta en corregir o en sacar conclusiones rápidas, cuando dejo que un párrafo se me pase y vuelva a él sin culpa. En esos momentos, el silencio se vuelve una pequeña revolución íntima. Me ha ocurrido con libros que, de entrada, parecían distantes, y que solo se abrieron cuando acepté leerlos despacio, respetando sus espacios. Así me pasó con, La pausa necesaria, de Carmen Sánchez Melgar. En la quietud de sus poemas, en lo que no se dice tanto como en lo que se dice, se fue formando un diálogo íntimo que me recordó algo esencial: que la literatura es un lugar donde una puede estar consigo misma, sin intermediarios, escuchando lo que el texto —y una misma— necesitan decir, en voz baja.
El silencio me ha enseñado otra lección: nos hace más humanos. En tiempos de hipercomunicación, este gesto de callar, de morderse la lengua en muchas ocasiones y dejarlo pasar, se vuelve casi transgresor. No es un retiro del mundo; es un modo consciente de habitarlo, de elegir qué merece nuestra atención y qué podemos o debemos dejar pasar.
Aunque no quiero romantizarlo. A veces el silencio da miedo. Me he sorprendido sosteniendo un libro en la mano y sintiendo que debería estar haciendo algo más, respondiendo, conectando, como si estuviera perdiendo el tiempo. Leer sin que las redes nos atosiguen, conversar sin interrupciones, escuchar música pausada: todo ello es resistencia silenciosa, pero también cuidado profundo de uno mismo.

He notado cómo la práctica del silencio cambia la relación con el tiempo. Los días se sienten más largos, más densos. Hay espacio para el pensamiento sin prisas, para sentir sin juicio, para recordar sin apremio. Y hay un tipo de alegría en esa lentitud, una satisfacción que no depende de reconocimiento externo ni de aplausos. Es “un algo” que se experimenta más que se comenta, “un algo” que se siente más que se explica.
No necesitamos siempre llenarlo todo, explicar todo, reaccionar a todo. A veces, estar presentes en la quietud es la mejor forma de participar en esto que llaman “el ambiente cultural”. En este sentido, la cultura del silencio no es una excentricidad, es un acto de respeto hacia uno mismo. En un mundo que no para de hablar, aprender a callar puede ser la manera más profunda de aprender a escuchar.
El silencio también me conecta con los demás. Con quienes comparten un gesto, una mirada, un espacio sin necesidad de palabras. Con quienes entienden que la pausa es una necesidad, que el silencio es un espacio donde se construyen las mejoras historias, donde sentimos emociones todavía vírgenes y donde podemos disfrutar de la cultura sin reducirla a consumo, opinión o reacción inmediata. Esa, creo, es la verdadera esencia de la vida: respirar, escuchar, esperar y que, al hacerlo, nos transforme lentamente.

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